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Dolorida

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En lo alto de una montaña, cuyo pico cayó hace tiempo, detrás de un mar de nubes, donde siempre azota el viento, un pueblo pequeño se alza, no mucho más que el tiempo, bajo las inclemencias del cielo. Dolorida no siempre fue llamada así, aunque su primer nombre ya no recuerdo, pero debe su lamento a una historia confusa.
Eran tiempos de dragones y el pueblo aguantaba el fuego gracias a una gran torre de roca gris y fuerte, que como una atalaya se alzaba en la montaña y cubría al pueblo de cualquier tormenta y tormento. Se hizo el más famoso, parecía que nunca caería, sus comercios siempre llenos y sus caminos cubiertos, propiciaban el ir y venir de viajeros.
No se sabe si fue el viento o el simple pasar del tiempo, unos cuentan que una bestia de fauces enormes que sopló, pero lo cierto es que la gran atalaya cayó, Dolorida quedó al descubierto, pues pronto se le pondría ese nombre a un pueblo que en decadencia quedó cuando dragones, ladrones y tormentas a cientos comenzaron a azotar la grandeza de aquel lugar, convirtiéndolo en lo que ahora conocemos.
Por eso se oculta la gente, en sus pequeñas ruinosas casas, ya no pasan los viajeros, como paseaban antes por sus calles. Ahora el pueblo menguante, cubre la llana tapa de una montaña llana, sin pico y con una historia decepcionante.

dolorida

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La Bruja Roja

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Quería que fuese un regalo de reyes, pero no he tenido tiempo. Igualmente, tomadlo como regalo de año nuevo: la segunda parte de “El Secreto”, la precuela de la historia. Les recuerdo que me basé en el vídeo del anuncio del perfume Nina Ricci, que estas navidades lo han vuelto a poner y la canción me sigue enamorando. Y veo el anuncio y sólo puedo pensar: es mi NinaRi!

En fin, espero que les guste 🙂

LG-Monster3

Jodía mujer esta, es una risa!

LA BRUJA ROJA

NinaRi recortaba pececillos de papel en su habitación cuando entre el celofán y los folios de colores encontró papel de plata, pensó que el plateado daría un toque vivo a los pececitos para su fiesta de cumpleaños, que coincidía con la fiesta de “el pescado de abril”. A NinaRi le encantaba decorar sus cumpleaños con pececitos de colores, así el festejo era más divertido y todos se hacían bromas.

Cogió las tijeras e intentó cortar el papel de plata. Se le daba bien cortar, no era como los otros niños de su clase, que dejaban los bordes comidos y desiguales pero aquel papel no cedía a la cuchilla de las tijeras. Le dio la vuelta: Una niña de alma apasionada liberará una tierra mermada. Las palabras brillaban muy juntas en el papel, con una caligrafía alargada que se retorcía en los extremos. “¡Será una broma!” pensó ella.

Escuchó un silbido dentro de su cabeza, que la llamaba entre soplidos “ven niña, niña del ArcoIris, ven y vuela conmigo, vuela“. Detrás, el espejito de su cómoda comenzó a brillar. Se acercó con la curiosidad imprudente y osada de los niños. Si aquello era una broma, era la mejor broma que había visto jamás.

Cogió el espejito pero no vio su reflejo, sólo vio un arcoiris que se marchitaba. De pronto todo fue oscuridad, escuchó un sonido tan fuerte que se acurrucó y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos pudo ver de nuevo como el arcoiris permanecía en el cielo mientras sus colores se derramaban como se derrama el agua de un vaso.

Enfrente una lechuza la miraba con ojos enormes y amarillos: “Por fin has venido, niña de los mil colores. Te llamas NinaRi ¿verdad? Ahora lo sé, lo sé porque estás aquí.”

Y ¿dónde estoy?” se preguntó NinaRi, pero no se atrevió a decirlo, persona o animal, aquella lechuza era un desconocido. “Estás en Inversa, pequeña NinaRi, te he traído para que me ayudes.”

El ave hablaba, aunque no pronunciaba ningún sonido pero ella lo escuchaba en su cabeza. Pluma le explicó que Inversa era un mundo mágico, donde los colores tenían gran importancia, más incluso que respirar o comer. Pero uno de los colores quería resaltar sobre los demás, el rojo, o mejor dicho La Roja. Roja quería que toda Inversa fuese de su color y para ello empezó a esconder los colores debajo del cielo.

Pluma le indicó que sólo una criatura como ella, de todos los colores, podía sacar los demás colores y repartirlos.“Pero están debajo del cielo, no sé cómo llegar allí, ni siquiera puedo llegar a alcanzarlo”. “Piensa en números NinaRi, si juegas con los números, los colores también querrán venir a jugar” contestó el ave.

En su colegio pintaba números en el suelo y jugaba a la rayuela con sus amigas pero necesitaba tizas de colores. De repente una suave brisa rozó su hombro, y flotando apareció una caja de tizas blancas. El viento de la necesidad siempre llevaba las cosas a donde eran necesarias. Así que pintó una gran rayuela en el suelo y NinaRi comenzó a jugar mientras Pluma silbaba una cancioncilla “tengo unas tijeritas que se abren y se cierran. Yo toco cielo, yo toco tierra…”.

Poco a poco, la tiza blanca del suelo comenzó a cambiar de color, después del blanco vino el azul, después el amarillo, el naranja y el violeta, y finalmente el verde. La rayuela entera era de todos los colores del arcoiris y en las zonas donde se unían aparecieron colores nuevos.

Ya tenía los colores con ella pero ¿cómo repartirlos? Todo en aquel mundo le pareció muy divertido, así que se le ocurrió que lo mejor sería seguir jugando. Llevaba un vestido blanco con un cinturoncito rojo, a juego con la boina que esa mañana le había regalado su madre. Su madre… “¿se enfadará mamá si…? ¡No! No porque no lo mancharé ¡son colores!”. NinaRi tenía una idea, una fantástica idea: se llevaría los colores en su vestido. Al arcoiris sólo le faltaba un color, el rojo, y en su vestido faltaban todos los demás.

Enseguida su vestido se volvió multicolor y Pluma alzó el vuelo: “sígueme amiga roja, amiga de mil colores”. NinaRi comenzó a correr y cuando estuvo cansada apareció a su lado un caballo color berenjena, y la tomó en su lomo y cabalgó tan rápido que el tiempo se detuvo. Pero mientras corría, los colores se fueron esparciendo y poco a poco desaparecieron de su vestido hasta que fue blanco de nuevo. A su alrededor todo había recobrado sus colores: el cielo era celeste, el césped verde, el sol amarillo y naranja, las nubes blancas, rosadas, el gamo pardo, las flores de cientos de colores y lo que no había pérdido sus colores ahora brillaba con más fuerza.

“Ven niña, ven rápido” Pluma la esperaba bajo un manzano y le explicó que para acabar con la bruja roja tendría que masticar algo rojo, una manzana por ejemplo. Apareció a su lado el Lago Espejo, el que todo lo muestra pero no vio su reflejo. En su lugar había una muchacha, mayor que ella, con un vestido rojo y una boina roja, y una manzana en su mano. NinaRi la observó “es la Bruja Roja ¡muerde la manzana, date prisa!” ululó Pluma en su mente. NinaRi la mordió y el reflejo hizo lo mismo. Tragó y la acidez le raspó la garganta pero siguió mordiendo hasta que el reflejo desapareció del todo.

Había vencido, había devuelto los colores a Inversa y había acabado con la Bruja Roja. Después Clandestino le mostró su extraño país y conoció al Rey Blanco. Conoció a muchas fantásticas criaturas y antes de que terminara el día, NinaRi se cansó y durmió.

“Despierta mi pequeña NinaRi ¡hoy es tu cumpleaños!” mamá le traía el desayuno a la cama, como en todos sus cumpleaños: zumo natural, croissant, baghette con mermelada… y una boina roja envuelta en papel de regalo.

Laura

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Nació en un mundo donde todos estaban perdidos. La naturaleza luchaba por sobrevivir a sus habitantes, y éstos por sobrevivir a sus catástrofes. Sola, custodiada, perdida, alejada de todo lo que los demás temían: la realidad.

El mundo se revelaba contra unos seres que la acribillaban continuamente, matando sus criaturas, matando la vida. Ella nació con el don de la resurrección, el don de la vida. Pero la muerte y la guerra confunde hasta al corazón más fuerte, así que la ocultaron para que nadie pudiera beneficiarse de su poder. Lejos de la guerra, de los hombres, de la naturaleza, vivía ella en lo alto de una torre, entre sombras.

Un día, cansada de su ignorancia, consiguió zafarse de su prisión, arriesgando su vida a través de la escabrosa pared de la torre, deteriorada y agrietada por el salitre. Su sed de conocimiento era primordial, más que su propia vida.

Llegó hasta el bosque sombrío que rodeaba el castillo, cargado de muerte y desolación, pues lo único que allí había era árboles muertos y rocas peladas. Ni el liquen era capaz de sobrevivir en aquella tierra yerma. Puso un pie en él y dejó su huella en la nieve. A cada paso que daba, por cada huella, una brizna de hierba renacía en el páramo. La muchacha proseguía su camino sin atisbar lo que su don hacía sin ella darse cuenta.

Al cabo de un par de horas, cuando la luna plateada se mostraba entera en el manto negro de la noche, llegó al primer atisbo de vida: un río. Se habría paso lentamente a través del hielo y ella escuchó su susurro. Se acercaba lentamente, pues no sabía que tipo de vida sería aquel que tan lento confluía y no huía. Mientras caminaba, el hielo se fundía y en poco tiempo el riachuelo de hielo se convirtió en majestuoso río, tan ancho que no se podía cruzar a salto.

 

La prisionera de la torre, ensimismada por el surcar del agua, vio el reflejo de la luna en ella y comprobó cómo su halo se hacía más grande y brillante. Miró al cielo, la vio hermosa y su luz se confundió con el de su mirada. Allí pasó la noche, entre sueños de penumbra, de guerra, muerte, sangre, hambre, tristeza. El mundo vivía ahora en ella y guardaba la memoria de un planeta que moría a causa del hombre.

“La de los ojos grises” la llamó un jilguero, que apesadumbrado se posó en su hombro y le dijo entre cantos entonados a través de su garganta de ave: tú eres quien la tierra eligió para salvarse, porque oculta de la envidia y el dolor, conseguiste zafarte de la estupidez. Sálvate tú porque en tu ser llevas la esencia de la vida.

 

Ella, perdida en la confusión, corrió a las afueras del bosque. Huía y no sabía de qué, y detrás de ella la tierra renacía y se volvía verde y vivo. Las fuerzas del planeta volvían a recobrar la juventud de un planeta nuevo.

Sin saber cómo, los hombres que aún vivían se sumieron en un gran letargo y tras varios años en que la tierra se recuperó de la batalla contra ella, conoció el perdón de los hombres. Poco a poco, aquellos que antes odiaban, se volvieron cariñosos. Recuperaron el amor por la flora y la fauna, se despojaron de los sentimientos que les habían cegado y convivieron juntos en paz y armonía.

Respecto a la muchacha que había hecho aquello posible, se escondió en el tronco hueco de un árbol. Aquel árbol era un laurel y duró tantos años que ni el niño más pequeño pudo ver su muerte. Con el tiempo se encontró su cuerpo y el bosque se había llenado de más vida que cualquier otro conocido y lo llamaron en honor a la muchacha y del árbol que le dio cobijo “Laurisilva”.

Esta es la historia de Laura y su don. También es la historia de una muerte y una resurrección. La historia de una guerra que acabó.

La Sirenita

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Hace algún tiempo, en una zona del gran mar, cercana a la costa, vivía una simpática sirenita, que todos conocían por su implacable alegría. A pesar de que tenía casi 300 años, su aspecto era el de una niña que apenas sobrepasaba los 12, con cabellos rubios, dorados por el sol, y una sonría que era la alegría de todas las tortugas marinas. La sirenita disfrutaba buscando conchas en la arena y despegando estrellas de mar de las rocas. Seguía a los delfines en sus capturas de sardinas hasta que se adentraban demasiado en el mar.

Pero, al igual que todo el mundo, la sirenita tenía sus propios problemas. Un día la costa se llenó de embarcaciones que podían dañar su cuerpo y su cola con las hélices. En otra ocasión, un tiburón tigre estuvo merodeando el arrecife donde ella vivía, y no le quedó más remedio que esconderse en una oscura cueva. También ha tenido muchas veces que desenredar su cabello de entre los tentáculos de un enorme pulpo, verse envuelta en una cortina de peces que huyen de los pescadores, esquivar los terribles arpones y miles de peligros más. Pero nuestra sirenita siempre las afrontaba con destreza y alegría, sin dejarse persuadir por la tristeza o la desesperación.

En un tormentoso día, la sirenita fue arrastrada hacia la desembocadura de un caudaloso río, rodeado de enormes manglares que impedían ver dónde empezaba la tierra y terminaba el mar. La sirenita se adentró para investigar ya que nunca había estado allí, a pesar de que creía conocer todos los rincones de la costa donde ella vivía.

El agua se volvió más limpia y cristalina a medida que se adentraba, y notó cómo el nivel de sal también disminuyó, pues sus escamas comenzaron a ablandarse. A pesar de ello continuó nadando. Pronto se sintió mareada debido al cambio de agua, y tuvo que acercarse a la orilla a sentarse sobre una roca, para endurecer de nuevo su cola al sol.

Mientras tomaba el sol, la sombra de un ser enorme  pasó por delante de ella bajo el agua, y la sirenita se asustó mucho, pues era un ser tan enorme como ella e inmediatamente pensó en que podría ser un tiburón de agua dulce. La sirenita entonces tuvo curiosidad porque se dijo a sí misma: también puede ser que se trate de una sirenita de agua dulce, en ese caso, creo que lo mejor sería presentarme.

Así que se sumergió en el río con cuidado y buscó por los alrededores buscando a aquel ser enorme. Fue un destello de luz lo que llamó su atención entre las algas del fondo, una especie de roca blanca que se movía levemente. La sirenita se acercó un poco indecisa pero a medida que estaba más cerca, el miedo fue desapareciendo.

Llamó su atención dándole unos golpecitos con el dedo, entonces la roca se movió y ante la sirenita aparecieron unos enormes ojos negros. Después se alejó rápidamente dejando una cortina de burbujas. La sirenita sólo pudo ver una enorme cola blanca, y pensó “¡Se trata de una sirena, estoy segura!”. Realmente, eso es lo que parecía.

La siguió río arriba hasta que la figura blanca se cansó de nadar contra la corriente y se detuvo. Todo su cuerpo temblaba de miedo y no podía girarse hacia donde estaba la sirenita, así que ella, que no temía a nada, se acercó con cautela. Vio como la cola de sirena se alargaba hasta terminar en una cabeza blanca y redondeada y pensó: “¿Dónde están los brazos de esta sirena?”

La sirena se puso junto a la figura blanca y le habló con voz serena: “Soy una sirena del mar, ¿eres tú también una sirena? En este río es muy incómodo nadar y de poca profundidad ¿quieres venir conmigo al mar?”. La sirenita estaba convencida de que la profundidad del río había hecho que aquella extraña sirena no tuviera brazos.

La figura entonces se giró hacia la sirenita y ella por fin pudo comprobar la profundidad de aquellos ojos negros. La figura le habló con una vocecita aguda, temblorosa aún: “No soy una sirena y nunca he visto el mar. ¿Vienes a hacerme daño?”

La sirena retrocedió de sorpresa porque a ella nunca se le habría ocurrido hacerle daño a ninguna criatura, le gustaba cuidar de todos los seres vivos del mar y alguna que otra vez también ayudaba a las gaviotas en sus cacerías. Esto hizo que a la sirenita le dieran ganas de conocer todo sobre aquella criatura, sobretodo qué es lo que era sino era una sirena. Al cabo de un rato, la extraña criatura se convenció de que la sirenita no le haría daño y habló con ella: “Soy un manatí. Vivo en el río escondiéndome de los humanos. Vienen en barcas a pescar peces y temo que me hieran con sus remos y armas extrañas. A veces los niños tiran piedras al río. Si las criaturas del mar invaden el río ya no tendré dónde esconderme”. Y así siguió el manatí hablando de todos sus miedos, así que la sirenita se quedó a cuidar de él porque le apenaba ver cómo una criatura de agua como ella, vivía con tanto miedo.

Por un tiempo, la sirena fue feliz viviendo con el manatí, enseñándole que no debía tener miedo de todo, porque lo importante era vivir feliz y ver en el día a día las cosas buenas de la vida, como el sabor de los calamares, el brillo en el agua al atardecer, jugar entre las medusas, nadar con los peces… pero el manatí sólo podía señalar los defectos de las diversiones de la sirenita, buscando aquellos hechos peligrosos y que podían ponerlo en peligro.

Así que la sirenita comenzó a ponerse triste y decidió que debía irse, volver al ancho mar, aunque allí hubiera tiburones, hélices de barcos y peligrosos buceadores. La sirenita se dirigió a su amigo el manatí con el primer rayo de sol de la mañana y le dijo con mirada triste: “Comprendo que tú me necesites a mi, manatí, para vivir sin miedos y ser feliz, pero yo no te necesito a ti porque tú me produces tristeza”. Y se fue para siempre.

La sirena volvió al mar a vivir entre los corales, ayudando a todos los seres que necesitaban su ayuda. A veces recordaba a su amigo el manatí y se preguntaba si sería feliz ahora que no estaba ella. El manatí en cambio, siguió viviendo asustado en aquel pequeño río donde nada pasaba, y donde apenas había enemigos, porque el miedo estaba en su mente y en su corazón. Pronto olvidó a la sirena y sus enseñanzas, convencido de que el mar y todas las criaturas que vivían en él eran malas y peligrosas.