La Sirenita

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Hace algún tiempo, en una zona del gran mar, cercana a la costa, vivía una simpática sirenita, que todos conocían por su implacable alegría. A pesar de que tenía casi 300 años, su aspecto era el de una niña que apenas sobrepasaba los 12, con cabellos rubios, dorados por el sol, y una sonría que era la alegría de todas las tortugas marinas. La sirenita disfrutaba buscando conchas en la arena y despegando estrellas de mar de las rocas. Seguía a los delfines en sus capturas de sardinas hasta que se adentraban demasiado en el mar.

Pero, al igual que todo el mundo, la sirenita tenía sus propios problemas. Un día la costa se llenó de embarcaciones que podían dañar su cuerpo y su cola con las hélices. En otra ocasión, un tiburón tigre estuvo merodeando el arrecife donde ella vivía, y no le quedó más remedio que esconderse en una oscura cueva. También ha tenido muchas veces que desenredar su cabello de entre los tentáculos de un enorme pulpo, verse envuelta en una cortina de peces que huyen de los pescadores, esquivar los terribles arpones y miles de peligros más. Pero nuestra sirenita siempre las afrontaba con destreza y alegría, sin dejarse persuadir por la tristeza o la desesperación.

En un tormentoso día, la sirenita fue arrastrada hacia la desembocadura de un caudaloso río, rodeado de enormes manglares que impedían ver dónde empezaba la tierra y terminaba el mar. La sirenita se adentró para investigar ya que nunca había estado allí, a pesar de que creía conocer todos los rincones de la costa donde ella vivía.

El agua se volvió más limpia y cristalina a medida que se adentraba, y notó cómo el nivel de sal también disminuyó, pues sus escamas comenzaron a ablandarse. A pesar de ello continuó nadando. Pronto se sintió mareada debido al cambio de agua, y tuvo que acercarse a la orilla a sentarse sobre una roca, para endurecer de nuevo su cola al sol.

Mientras tomaba el sol, la sombra de un ser enorme  pasó por delante de ella bajo el agua, y la sirenita se asustó mucho, pues era un ser tan enorme como ella e inmediatamente pensó en que podría ser un tiburón de agua dulce. La sirenita entonces tuvo curiosidad porque se dijo a sí misma: también puede ser que se trate de una sirenita de agua dulce, en ese caso, creo que lo mejor sería presentarme.

Así que se sumergió en el río con cuidado y buscó por los alrededores buscando a aquel ser enorme. Fue un destello de luz lo que llamó su atención entre las algas del fondo, una especie de roca blanca que se movía levemente. La sirenita se acercó un poco indecisa pero a medida que estaba más cerca, el miedo fue desapareciendo.

Llamó su atención dándole unos golpecitos con el dedo, entonces la roca se movió y ante la sirenita aparecieron unos enormes ojos negros. Después se alejó rápidamente dejando una cortina de burbujas. La sirenita sólo pudo ver una enorme cola blanca, y pensó “¡Se trata de una sirena, estoy segura!”. Realmente, eso es lo que parecía.

La siguió río arriba hasta que la figura blanca se cansó de nadar contra la corriente y se detuvo. Todo su cuerpo temblaba de miedo y no podía girarse hacia donde estaba la sirenita, así que ella, que no temía a nada, se acercó con cautela. Vio como la cola de sirena se alargaba hasta terminar en una cabeza blanca y redondeada y pensó: “¿Dónde están los brazos de esta sirena?”

La sirena se puso junto a la figura blanca y le habló con voz serena: “Soy una sirena del mar, ¿eres tú también una sirena? En este río es muy incómodo nadar y de poca profundidad ¿quieres venir conmigo al mar?”. La sirenita estaba convencida de que la profundidad del río había hecho que aquella extraña sirena no tuviera brazos.

La figura entonces se giró hacia la sirenita y ella por fin pudo comprobar la profundidad de aquellos ojos negros. La figura le habló con una vocecita aguda, temblorosa aún: “No soy una sirena y nunca he visto el mar. ¿Vienes a hacerme daño?”

La sirena retrocedió de sorpresa porque a ella nunca se le habría ocurrido hacerle daño a ninguna criatura, le gustaba cuidar de todos los seres vivos del mar y alguna que otra vez también ayudaba a las gaviotas en sus cacerías. Esto hizo que a la sirenita le dieran ganas de conocer todo sobre aquella criatura, sobretodo qué es lo que era sino era una sirena. Al cabo de un rato, la extraña criatura se convenció de que la sirenita no le haría daño y habló con ella: “Soy un manatí. Vivo en el río escondiéndome de los humanos. Vienen en barcas a pescar peces y temo que me hieran con sus remos y armas extrañas. A veces los niños tiran piedras al río. Si las criaturas del mar invaden el río ya no tendré dónde esconderme”. Y así siguió el manatí hablando de todos sus miedos, así que la sirenita se quedó a cuidar de él porque le apenaba ver cómo una criatura de agua como ella, vivía con tanto miedo.

Por un tiempo, la sirena fue feliz viviendo con el manatí, enseñándole que no debía tener miedo de todo, porque lo importante era vivir feliz y ver en el día a día las cosas buenas de la vida, como el sabor de los calamares, el brillo en el agua al atardecer, jugar entre las medusas, nadar con los peces… pero el manatí sólo podía señalar los defectos de las diversiones de la sirenita, buscando aquellos hechos peligrosos y que podían ponerlo en peligro.

Así que la sirenita comenzó a ponerse triste y decidió que debía irse, volver al ancho mar, aunque allí hubiera tiburones, hélices de barcos y peligrosos buceadores. La sirenita se dirigió a su amigo el manatí con el primer rayo de sol de la mañana y le dijo con mirada triste: “Comprendo que tú me necesites a mi, manatí, para vivir sin miedos y ser feliz, pero yo no te necesito a ti porque tú me produces tristeza”. Y se fue para siempre.

La sirena volvió al mar a vivir entre los corales, ayudando a todos los seres que necesitaban su ayuda. A veces recordaba a su amigo el manatí y se preguntaba si sería feliz ahora que no estaba ella. El manatí en cambio, siguió viviendo asustado en aquel pequeño río donde nada pasaba, y donde apenas había enemigos, porque el miedo estaba en su mente y en su corazón. Pronto olvidó a la sirena y sus enseñanzas, convencido de que el mar y todas las criaturas que vivían en él eran malas y peligrosas.

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