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El Océano y la Luna

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La luna se había alzado plena esa noche. Brillante como una luz de plata que todo lo ilumina. El lobo había aullado hasta su último aliento mientras pedía al astro más día y aquella que nació para la búsqueda pereció al final de su recorrido.

La gema azul se había alzado en la noche, entre cañaverales húmedos y huecos, que tintinearon en la oscuridad con la melodía de lo lúgubre. Porque allí donde hubo muerte volvió la vida y el corazón de piedra se volvió blando de nuevo, los mares se alzaron y se convirtieron en una criatura viva.

La madre de los mares se irguió sobre dos piernas cálidas de espuma y se adentró en la tierra. Creó tsunamis, inundaciones y devastó todo lo que era malvado. La guerra que estaba acabando con la tierra llegaba a su fin. Ya no habría más ira.

El cuento contaba que la diosa de los mares había muerto a causa del fuego y que su amante se resguardó en la luna, pero esa noche la luna la correspondió y la atrajo tan fuertemente que la oceánide se estiró para abrazarlo, se tocaron y por un momento no hubo luz ni día, porque una gran ola se levantó en el cielo y lo cubrió todo. Después sólo quedó el alga marina y los barcos tierra adentro, destrozados.

Los árboles habían hablado, cuando las gentes escuchaban lo que decían, que ella era una elemental del agua y él no era nada, era todo: una sombra, un alma, un cuerpo, un suspiro, un fantasma. La primera criatura de los cuatro elementos. Un Protector.

AGUA

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Ninfas del Mar

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“Nuestra madre nos manda desde el fondo del amplio océano, su corazón,

para que concibamos a los hijos del Protector.

Si así vuestro deseo es, que así sea el nuestro también”.

Y sus voces sonaron tan dúctiles y apacibles que las tortugas marinas salieron del mar para admirarlas, y las aves callaron sus cantos para oírlas, y un lobo se asomó al acantilado para entonar su llanto.

La Luna y el Océano.

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Al principio de los tiempos, cuando todos los espíritus caminaban sobre La Tierra con forma humana, existió un amor tan grande como el universo, el de Praengh y su amada, la hermosa Emmargor.

Emmargor era el espíritu de las aguas, y gustaba de peinar sus cabellos junto algún río y todos los peces estaban enamorados de sus ojos aguamarina, del brillo de su piel, como si miles de minúsculas gotitas la hubieran salpicado, enamorados de sus cantos de sirena.

Pero el corazón de Emmargor pertenecía a Praengh, el cuidador de la vida. Praengh recorría todos los días la totalidad de la superficie terrestre para asegurarse de que todos los seres vivían felices y en paz, por eso ninguno de ellos sentía envidia por el amor que Emmargor profesaba hacia él.

Excepto Kresgor, el espíritu del fuego, fuerte, rencoroso, enamorado del espíritu del mar y anhelaba poder tocarla, envidiando a Praengh por esta razón.

Un día Kresgor llamó a Emmargor para que se acercara a sus tierras, al lugar donde el fuego brotaba del suelo, el hogar de los volcanes. Cuando ella quiso darse cuenta del calor que aquella zona desprendía fue demasiado tarde y su cuerpo se fue deshaciendo lentamente, hasta que al final sólo era agua.

Cuando Praengh volvió aquella noche descubrió el mar y reconoció el brillo de los ojos de Emmargor.

Tan apenado quedó que comenzó a descuidar los seres del planeta, olvidándose de su cometido porque sólo podía pensar en su amada. Así que los otros espíritus encerraron el alma de Praengh en una esfera de roca y la lanzaron al cielo, y desde allí observa Praengh a su amada sin poder tocarla siquiera.

“…desde allí la observa en toda su extensión”