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Valquiria

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He vuelto a la carga y he vuelto con fuerza. Ni el fuego podrá detenerme porque es el aire el que me impulsa.

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Dolorida

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En lo alto de una montaña, cuyo pico cayó hace tiempo, detrás de un mar de nubes, donde siempre azota el viento, un pueblo pequeño se alza, no mucho más que el tiempo, bajo las inclemencias del cielo. Dolorida no siempre fue llamada así, aunque su primer nombre ya no recuerdo, pero debe su lamento a una historia confusa.
Eran tiempos de dragones y el pueblo aguantaba el fuego gracias a una gran torre de roca gris y fuerte, que como una atalaya se alzaba en la montaña y cubría al pueblo de cualquier tormenta y tormento. Se hizo el más famoso, parecía que nunca caería, sus comercios siempre llenos y sus caminos cubiertos, propiciaban el ir y venir de viajeros.
No se sabe si fue el viento o el simple pasar del tiempo, unos cuentan que una bestia de fauces enormes que sopló, pero lo cierto es que la gran atalaya cayó, Dolorida quedó al descubierto, pues pronto se le pondría ese nombre a un pueblo que en decadencia quedó cuando dragones, ladrones y tormentas a cientos comenzaron a azotar la grandeza de aquel lugar, convirtiéndolo en lo que ahora conocemos.
Por eso se oculta la gente, en sus pequeñas ruinosas casas, ya no pasan los viajeros, como paseaban antes por sus calles. Ahora el pueblo menguante, cubre la llana tapa de una montaña llana, sin pico y con una historia decepcionante.

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El Océano y la Luna

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La luna se había alzado plena esa noche. Brillante como una luz de plata que todo lo ilumina. El lobo había aullado hasta su último aliento mientras pedía al astro más día y aquella que nació para la búsqueda pereció al final de su recorrido.

La gema azul se había alzado en la noche, entre cañaverales húmedos y huecos, que tintinearon en la oscuridad con la melodía de lo lúgubre. Porque allí donde hubo muerte volvió la vida y el corazón de piedra se volvió blando de nuevo, los mares se alzaron y se convirtieron en una criatura viva.

La madre de los mares se irguió sobre dos piernas cálidas de espuma y se adentró en la tierra. Creó tsunamis, inundaciones y devastó todo lo que era malvado. La guerra que estaba acabando con la tierra llegaba a su fin. Ya no habría más ira.

El cuento contaba que la diosa de los mares había muerto a causa del fuego y que su amante se resguardó en la luna, pero esa noche la luna la correspondió y la atrajo tan fuertemente que la oceánide se estiró para abrazarlo, se tocaron y por un momento no hubo luz ni día, porque una gran ola se levantó en el cielo y lo cubrió todo. Después sólo quedó el alga marina y los barcos tierra adentro, destrozados.

Los árboles habían hablado, cuando las gentes escuchaban lo que decían, que ella era una elemental del agua y él no era nada, era todo: una sombra, un alma, un cuerpo, un suspiro, un fantasma. La primera criatura de los cuatro elementos. Un Protector.

AGUA

Minientrada

Año nuevo, tiarrón nuevo. Es lo que me he dicho hoy. Me cuesta tanto dibujar hombres que nunca los dibujo, siempre son demasiado flacos y “escuchimizaos” y dios URI sabe que no me gustan los hombres flacos pero esta vez tenía una idea. Este, señores, es un soldado de la Compañía de Mededlas, territorio del Rey de Reyes, donde las tempestuosas aguas del río Gaima chocan contra el bravo mar de Nagas, donde los soldados visten arneses de cuero y pantalones bombachos pero que parten a la guerra con peto de metal y yelmo brillante, con el penacho azul ondeando al gélido viento y el corcel bramando al unísono de las espadas. Y está bueno.

El muchacho está de buen ver, todo hay que decirlo, así que nenas, bailad a su son.

soldado

Tiarrón nuevo