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Aunque los días acaben y no exista la noche después,
Más que el mar se vuelva dulce y los ríos sean de sal,
Qué importa si la luna se esconde tras su manto de espuma y no vuelve más.
Que las ventanas de la razón se cierren para siempre,
Y la ignorancia fluya como lava candente.
No importa cuán fría esté la mano amiga,
O cuán caliente,
Si la mirada la acompaña como un fuego ardiente.
Y qué dirán los poetas si las rimas han acabado
O los artistas den fríos tonos a sus cuadros.
Por más alta que se alce la montaña,
Más altas volarán las alas de un pensamiento
Si con amor y ganas guarda
La luz de la esperanza.
Por cuántos habrá que la pierdan y por cientos que la esperan.
Una llamada, un guiño, un roce fugaz más que sea,
Cuando conserva el alma de un niño
Los juegos del que espera.
Dirán que es rebeldía
O que es sabiduría
Porque no es más listo el que espera
Sino el que fue a buscarla.
En el ancho mar para el que nada,
Los libros para el que lea,
En los ojos de una muchacha
Que mientras se riza el pelo anhela.
En todas partes cabe
Como una palabra pequeña
O un suspiro vago
O un parpadeo
O la mano del que nace sujetando con fuerza.
Porque está aunque no la veas,
Esperando que la agarres,
Amarrado con fuerza,
Sin que dejes que se vaya
Y por fin la poseas.
Porque no importa que el sol no salga de día
Si su luz es melodía.
O que los ciegos por fin vean
Aunque sea mentira.
No importa cuán feas sean las palabras
Si es el alma quien las diga.
Más no habrá persona o fiera
Que no vea en la esperanza
La llave que abra la puerta a su rebeldía.

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El trébol

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reflejos (2)

El agua fría, el sol dorándote la piel, el sonido del mar, los pies en la arena y la mente en blanco.

Un poco de verano