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Elora, el tiempo

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Elora es el tiempo, es el momento, es la mirada perdida en el pasado y la vista puesta en el futuro, son los ojos del presente, los recuerdos que pasan por tu mente.

Pero Elora se esconde en los rincones oscuros, sale de noche y se oculta de día porque su poder, el poder del tiempo, corrompe a los hombres. Ella se mueve en el espacio y en el tiempo, sus ojos, aguamarina y azul-cielo, ven cosas diferentes, tiempos diferentes, unos que fueron y otros que vendrán.

La buscan desde hace tiempo por algo que ella oculta, una herramienta de gran poder, el invento que puede cambiar el curso de la historia. Hace muchos años, no hace falta mencionarlos, que el aire está infectado de gases dañinos producidos por el ser humano, ese que ahora se oculta tras una máscara de aire y en los respiraderos de las calles, desde entonces la industria, siempre absurda, egoísta e imprudente, vende bolsas de aire para que los ciudadanos aguanten un día más en un mundo absurdo sin oxígeno. Pero alguien encontró la cura, el remedio para que una atmósfera muerta volviera a resucitar, la forma de transformar el dióxido en oxígeno a grandes cantidades: su invento se llamó “Yggdrasill”.

Elora oculta el árbol metálico, sólo él sabía cómo hacerlo funcionar pero lo que ella anhela es otra cosa: su corazón, su tacto, sus manos, sus besos, su mirada agotada por el trabajo en el laboratorio, el olor de su piel por las mañanas, sus últimas palabras antes de quedarse dormido…

Pero hay algo que Elora ha aprendido a hacer, hacer sus sueños realidad. Muchas veces no soñamos lo que deseamos, tenemos pesadillas, terrores que se magnifican en nuestra mente dormida, mundos imaginarios que jamás cobrarán vida pero Elora, Elora es onironauta. Ella viaja a través de los sueños, los transforma, los clasifica, pasea por ellos con total consciencia y eso, eso pocos pueden hacerlo.

No tiene mucho tiempo, ellos la buscan, quieren matarla, destruir el Yggdrasill, igual que lo mataron a Él, seguir lucrándose con la necesidad de los seres humanos pero ¿qué pasa con aquellos que viven en las calles, que se protegen junto a los respiraderos amontonándose, aquellos que mueren intoxicados…? Esos que mueren la mueven, y lo busca en sus sueños, busca un momento que ocurrió y quiere cambiar, el día de su muerte.

No hay tiempo y su bolsa empieza a vaciarse, hará lo que sea para devolverlo a su lado y, cuando puede dormir busca en sus recuerdos, lo busca a él y lo ve con su ojo aguamarina en el último momento y con su ojo azul-cielo, en el futuro junto a ella. Hasta que lo encuentra y con su mirada cambia el curso del tiempo y la tierra ve su pureza devuelta.

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La Bruja Blanca

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Eso era algo que Pluma ya sabía. Pluma sabe de todo lo que es necesario saber y era necesario en Inversa jubilar al Rey Blanco.

Cuando un mundo se revoluciona, los medios se hacen eco, las personas sufren y se manifiestan, las clases sociales se diferencian aún más que antes pero cuando un mundo fantástico se revoluciona, todo sigue igual a excepción de una cosa: El Secreto.

Hacía algunos trienios de color, como pasa el tiempo en un mundo al revés, llegó una niña pequeña con un vestido blanco que albergó todos los colores y los repartió por el mundo jugando con ellos. Así fue como la bondad de la infancia bañó de nuevo el mundo de lo opuesto. Los colores brillaban con más fuerza, el viento soplaba con más calma, las montañas se inclinaban para besar el mar en calma y las criaturas siguieron con sus vidas sencillas, mientras en una laguna esperaba el reflejo dormido de la revolución.

Hacía muchos decenios de color, un niño llegó a Inversa con una manzana en la mano, la cual se volvió del revés y desde entonces todas la imitaron. Allí descubrió la magia y dio a las criaturas poderes que sin magia no tendrían e imaginó cosas que sin la imaginación de un niño no existirían. Inversa siempre fue mágica pero no creativa. Eso sólo puede serlo un niño. Con el tiempo lo proclamaron rey y cuando ya hubo envejecido dejó de imaginar. Los colores siguieron brillando pero no con la misma fuerza, las montañas ya no querían besar el mar porque había embravecido y algunas criaturas mágicas comenzaron a parlamentar.

Aquel niño que mordía la dulce cáscara de las manzanas y tiraba el resto fue el Rey de un mundo sin control porque es lo que pasa con la imaginación que no puede parar una vez que la puerta se abre. Cada pulpa de cada manzana que el Rey tiraba, impregnaba el suelo de color carmesí y lo que antes era un césped de vivos verdes que cambiaban su tonalidad con cada estación, se transformó en un mar de hierba roja. Las hojas de los árboles la imitaron y hasta el cielo que era añil se volvió opaco.

De una laguna cercana, la superficie se agitó y una lechuza se acercó volando y comprobó lo que ya sabemos que aconteció: un destino, una bruja, una reina. Una transformación.

En secreto guardó aquellos conocimientos, hasta que el tiempo le mostrara la verdad pues aún no sabría a qué exactamente correspondería.

En mitad de su locura, el anciano Rey quiso imaginar que tocaba las nubes y que con ellas limpiaba el suelo pero cuán tarde llegaría, ya que sus ancianos dedos en ramas se vieron convertidos y destinado a observar las estaciones permaneció. Una manzana por corazón, le colocaron sus súbditos, que habían tomado la fruta como símbolo de su revolución. Aquella manzana que mordería NinaRi, para salvar a Inversa de su misma necedad pues era su edad adulta lo que la echaba a perder. De tal forma la niña quedó atrapada, o al menos parte de ella, en un mundo imaginario y su cuerpo, de edad adulta volvería a un mundo y un tiempo perdidos.

La montaña mostró a la Reina, la nueva Reina que era sabia y soñadora a la vez. Una Reina Blanca por la pureza de su inocencia y una Bruja Roja por el poder de su razón. La niña de los mil colores la habían llamado pero era todos y no era ninguno, era al derecho y era al revés, era buena y era mala, era todo a la vez.

¿Cuántos decenios pasarán hasta que una nueva niña vuelva a llegar?

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Amor, Enamorado

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No importa cuánto pase el tiempo, ni importa el tiempo que pase, porque no me importa el tiempo ni lo que pase.

Pero pasó, hace tiempo, tanto que lo he olvidado, que un corazón se enamoró como se enamoran los corazones cuando el tiempo no acompaña a enamorarse. Porque eso pasa, que no importa el tiempo dentro del corazón.

Él no era un guerrero sino un herrero que tallaba las más bellas figuras, no eran espadas ni armas letales, sino piezas hermosas de plata, oro y otros metales que la gente compraba para adornar sus salones.

Ella no era una bella dama, sólo una muchacha que de cuando en cuando se dejaba ver por la playa. Y ahí coincidían los dos, porque los dos eran jóvenes y el tiempo los juntó.

No se supo si fue el viento que a ella la empujó al mar, donde bestiales criaturas habitaban y al fondo se la llevaron. De ella no se supo jamás, salvo lo que las historias contaban, de una doncella que cantaba cuando las olas se azotaban en tormenta.

Él seguía tallando pero los rostros de las figuritas siempre era el mismo, el de ella. Porque así es el corazón, que convierte en amor el anhelo de algo que se perdió.

Fue en una noche de luna nueva, que él se acercó al mar para dar una ofrenda y allí se apareció ante él una criatura horrenda, con los ojos amarillos como un fuego turbio encendido. Con sus fauces lo agarró y se lo llevó al océano. Profundo, muy profundo, y allí le mostró a la dama, ahogada en el lecho marino, que hacía tanto tiempo había amado y de su bolsillo sacó la figurita, con su rostro bello y la figura sonrió.

No se sabe cómo pero perdiendo el sentido bajo el mar, apareció en la orilla de la playa, con una dama de bronce en su mano que manaba llanto. Y al mar se hizo, con un pequeño bote, a encontrarse de nuevo con la criatura, que no era sino su amada a la que ya no podría amar.

Entonces talló en la madera un hombrecito y junto a la dama de bronce lo depósito antes de lanzarse al mar y ahogarse para con su amada juntarse.

La melena del León

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Ese día la selva estaba tranquila pero los leones no viven en la selva. Se preguntaba por qué era el rey de un lugar que no conocía, las historias le habían dado un título que no le correspondía pero había muchas más cosas que no le correspondían.

Cada tarde se acostaba bajo la sombra de un baobab, un viejo baobab que no le pertenecía pero ahí estaba, antes que él y era suyo. Suyo porque así los demás lo creían. Su manada cazaba cada mañana la carne que él comía pero tampoco era suya. Varios machos habían poseído aquella manada, él sólo era uno más y tras él vendría otro. Nacerían otros cachorros pero otros ya habrían crecido y se convertirían en hembras cazadoras, las mismas que traían su comida, protegían su terreno y daba a luz a sus cachorros. Pero ¿qué le hacía diferente?

Su melena, eso era diferente. Era el macho, el dominante, el jefe… Pero eso había sido antes. Los leones no suelen pensar en estas cosas, o eso creía, pero si nunca fueron suyas, nunca lo serían. Así que un día, cuando todos descansaban, salió del cobijo del baobab y fue a buscar su territorio, el verdadero: La Selva.

Paso hambre y frío pero lo peor había sido el miedo. Los leones también sienten miedo. Miedo a lo desconocido, a equivocarse, a perder lo que ya tenía, a perder lo que nunca tuvo. Miedo a lo que está por venir. Miedo a todo, como cualquier animal pero eso los demás no lo sabían. “Tengo mi melena” pensó “eso me hace diferente”.

“Os encontráis muy lejos de casa, mi rey” La voz sonó en lo alto, sólo vio hojas, palmeras, helechos, ramas, árboles, lianas. Todo al mismo tiempo. “¿A qué debemos el honor de vuestra extraña visita?” “¡Quiero conocer mi reino!” respondió el león.

“Lo conocíais desde hace tiempo, está en vuestra naturaleza, vuestros genes. Vos sois el Rey, que nadie dude de ello”

“Pero ¿qué me hace rey?” pensó el león. Seguía mirando a lo alto, para descubrir quién le hablaba pero de nuevo sólo encontró maleza.

“Lo que os hace grande es saber que lo sois, mi Señor, por eso nos sentimos seguros bajo tu mandato. Y, aunque no aparezcas por la selva, todos sabemos que mientras el Rey tenga conciencia de su melena, nosotros sabremos que estamos seguros y nos reconfortamos con ser y vivir en la inmensidad de nuestra pequeñez”.

Comprendió que todos eran grandes unas veces y pequeños en otras ocasiones. Que dependía de sus pensamientos, más que de sus actos porque sus actos dependían de lo que pensaba. Que no importaba lo que cazara si no usaba las garras porque no todo lo que se puede cazar es alimento. Que él no sería lo que los demás creerían, sino lo que él sentía que era. Y que no era necesario parecer para ser porque no todos eran lo que parecían.

Aquel día el león perdió su melena, no le hacía falta. Volvió con la manada y murió feliz. Y cuando un león más joven vino a apoderarse de la manada él siguió su camino, porque allá donde fuera sería el Rey de la Selva.

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